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(Desde la ventana, hace unos minutos. La tarde, como veis, ha quedado preciosa)

Los espacios interiores a veces son más anchos de lo que uno podría pensar. Sé que entre mis amigos hay una cierta conmiseración derivada de lo mucho que sé que me quieren, porque me paso mucho tiempo sin salir a la calle. Claro, es que yo antes me pasaba mucho tiempo en la calle, en los bares, en cualquier sitio en el que había algo. Así que debe de resultarles muy raro eso de ver que no piso el asfalto, que no aparezco por ninguna presentación de libros o sarao similar, que no se me encuentra nunca fuera de casa. Las razones son de sobra conocidas por los que pasais por aquí, así que paso de volver a lo mismo y vamos a lo que iba. Que los espacios interiores resultan ser a veces más amplios que las paredes que los conforman.

Hay un personaje en la vieja obra de teatro de Jardiel Poncela, Eloísa está debajo de un almendro, que por alguna rareza que no recuerdo ( ¿un desengaño amoroso?) , se mete en la cama y allí permanece, lo que no le impide viajar por toda la geografía, gracias a los buenos oficios de su criado que el pobre le prepara los viajes a través de las diapositivas de cada ciudad por la que pasan en un imaginario trayecto ferroviario, que incluye alguna que otra muestra gastronómica de los dulces de la zona que atraviesan. Vamos, simplificando, que el tipo está como una chota (como la mayoría de los personajes que pueblan ese librito que recuerdo que me hizo reír mucho cuando tenía doce o trece años) .

Y eso que el personaje cuyo nombre no recuerdo, no tenía internet y no tenía youtube.

Este fin de semana me lo he pasado en Youtube. No pensaba instalarme, claro. Entré buscando no sé què, una tontería, seguramente, y a partir de ahí fue un no parar de un vídeo a otro, de una época a otra, de un descubrimiento a otro. Y eso que únicamente me moví (y desde luego en una parte mínima de la inmensa cantidad de posibilidades) por el territorio de la música y más bien la hispana.

Naturalmente ya había hecho muchas incursiones, pero este fin de semana he tenido la constatación de que el sueño de la biblioteca de Borges es posible, se llama internet, claro, y youtube, que es una parte diminuta del inmenso conglomerado, guarda en sus rincones sorpresas que una no se esperaría.

Y como si fuera una cesta de cerezas he ido sacando y de un vídeo he ido a otro, y a otro, y desde la tele en blanco y negro y los convulsivos movimientos de Adriano Celentano ,a las muñecas de Famosa que se dirigen al portal, pasando por aquellos rudimentarios videoclips (son pa verlos, de verdad) de “Un rayo de sol” de Los Diablos, en que la cámara se mueve alternativamente enfocando a Agustín, el vocalista (vocalista, qué palabra tan preciosa…) que pilota un avión y a las gogós que bailan como descosidas sobre las alas… Excuso decir, por si había dudas, que el avión está en la pista, claro… Y el color, y Aplauso y Tocata y los programas musicales de los ochenta que nos parecían tan modernísimos.

He encontrado joyitas. Una canción de Rita Pavone que creo que se titula El resfriado, con estornudos incluidos, una vieja canción de Alberto Cortez sobre las minifaldas, y esa estética de cartón piedra de la tele de hace cuarenta años… He encontrado, y esa ha sido una bonita sorpresa, una canción con mi nombre, que no conocía, que canta Rodrigo García, aquel que junto con Cánovas, Adolfo y Guzmán tanto me gustaban…

No voy a poneros ningún enlace, pero os invito a que un día de aburrimiento extremo os perdáis por los espacios de youtube, que navegueis desafiando las líneas temporales, saltando de Marisol a Pedro Marín, y del primer Miguel Bosé al penúltimo Serrat, y del festival de Eurovisión al de San Remo, y de los duetos más impensables a las primeras actuaciones públicas de gente muy conocida (os reto a encontrar a Dani Martín, de El canto del Loco, con quince años -y a comprobar de dónde le viene la fijación con lo de entrar en tu garito con zapatillas- y a Marta Sánchez también con quince años que más bien parecía -y a lo mejor lo era- una niña de las ursulinas…).

Y cuando aterricéis en el momento de ahora mismo, en vuestro ahora, a lo mejor respiráis con alivio, pero seguro que os traeis una maleta llena de recuerdos… Y por cierto, si alguno de esos recuerdos queréis quedaroslo en forma de canción para incorporar al ipod, por ejemplo, supongo que ya lo sabéis, pero por si alguno lo ignora, existen programas que extraen el sonido del youtube y lo convierten en mp3 perfectamente audible y transportable… Yo he utilizado uno gratuito, Free youtube mp3 Converter, que como veis no puede ser más explícito en su nombre y que se puede bajar entre otro sitios, aquí.

Y es curioso, porque hace un rato, he entrado en el blog de Rafa Reig, escritor tan recomendable como estupendo amigo, y he descubierto que él también ha estado jugando estos días con el youtube…

Y para terminar un tacón. María, que tiene un blog de lo más recomendable (como todos los que os pasais por aquí, que me tenéis alucinada con lo que escribís), me concede un premio de esos que siempre me dejan con la sensación de tener un enorme ramo de flores rodeada de gente y sin saber dónde meterme… Ya he dicho lo que me pasa con los premios, que agradezco, que me sobrepasan, todo eso… Y como tengo que compartirlo, quiero que sepais, que todos los que me visitais, los que comentais, los que escribís, todos estáis premiados. Así que este taconcito tan monísimo que acompaña el texto, puede figurar con todos los honores del mundo en vuestro blog. Gracias María, gracias de verdad, pero, en fin… ya sabes

Tiempo

A veces es inútil tratar de torear al tiempo, porque encima tú nunca has sido taurina, y porque el tiempo siempre termina por ganar cualquier partida, aguarda su momento, ataca a traición, se alza con la victoria. No hay nada que hacer, porque, por mucho que quieras detenerlo levantando un muro que te aísle de su cuchillo, sólo la fragilidad del cristal más frágil será tu cómplice y nada habrá que puedas hacer para impedir que te atraviese la ferocidad de su evidencia.

No podrás pararlo. Aunque te ocultes en el mundo que has fabricado con tres paredes tapizadas de fotografías y afecto en las que has ido escribiendo listas de razones para vivir y esa cuarta pared teatral y pública abierta al océano y al universo, el tiempo te arrollará con su catálogo de años que se fueron sin que sepas muy bien en qué tren se llevaron risas y flores, miradas incendiarias, conversaciones de madrugada, y lágrimas de mentira. Vendrá el tiempo que ahora juegas a ignorar y desplegará ante tus ojos sin que de nada te sirva cerrarlos muy fuerte, su repertorio de nostalgias de tardes de otras primaveras con la niebla colgada en jirones de los árboles, del olor de las lilas, de la hierba recién cortada, de las mañanas de junio, de las tormentas de verano, de dedos que buscan manos en la penumbra, de las promesas que nunca debieron hacerse, de las migas de la merienda en los libros de los Cinco, de los copos de nieve contemplados desde la ventana. Vendrá el tiempo sin avisarte con todos los cromos de tu existencia, todos en desorden, mezclados sin que puedas saber de qué curso es aquel bloc de dibujo, qué besos fueron anteriores a qué otros, cuántos adioses escribiste en el aire antes de leer el primer adiós, qué dedos deshicieron tus trenzas, en qué guitarras escondimos una primavera, los nombres de los amigos a los que ibas a querer para siempre.

No habrán servido de nada tus esfuerzos para atraparlo, para hacer que se detuviera en la sonrisa congelada de una fotografía, en el papel escrito con unas palabras de alguien cuya caligrafía no reconocerás, en los objetos que siempre iban a recordarte a alguien que ya has olvidado, en los recortes que cuentan historias que serán olvido, en las flores secas aplastadas entre las páginas de un libro que terminarán por ser un polvo tan evanescente como la razón por la que las guardaste.

Creías que podías deternerlo, escribirlo, reducirlo. Pero el tiempo es más tenaz.

(Vale. Sí, estoy un poco de bajón hoy. Pero no se me asuste nadie, de vez en cuando hay que hacer una concesión a la tristeza… aunque no haya demasiados motivos para ello)

Estar enferma es lo que tiene. Quieras o no, acabas viendo mucha más tele de la que sería deseable, así que estoy puestísima en EL tema. ¿La crisis del PP, el ciclón de Birmania, la crisis económica, el hambre en el mundo por el asunto de los alimentos, el cambio climático? Nooooooooooooo, hombre no. Lo de Massiel, claro, de qué íbamos a estar hablando…

Hace un montón de años, cuando daba un curso (qué tiempos aquellos) de medios de comunicación, hice un ejercicio práctico con mis alumnos, un grupo de adultos de las más variadas edades, que les mostrara cómo se crea una noticia. Entre ellos teníamos a Pedro, un señor que por entonces creo que tenía 92 años (de hecho los cumplimos por los mismos días, él 92 y yo 29 y decíamos que teníamos la misma edad). Era un tipo que se matriculaba en todos los cursos que podía, le encantaba aprender y cuando llegábamos a clase cada tarde, teníamos la adivinanza del día, que él entrando en el aula un rato antes, escribía cuidadosamente con su caligrafía de otro siglo. Para ese curso y gracias a los amigos, yo había conseguido un espacio en uno de los periódicos locales para que mis alumnos pudieran publicar sus colaboraciones. Así que decidimos que un buen tema podía ser hablar de Pedro, de su condición de alumno a su edad y tal y cual. Bien, aquello se publicó, los de las radios, que para sus programas se nutren de lo que publican los periódicos, lo vieron y amplificaron. Un periódico consideró que a aquello había que darle más relevancia y salió un gran reportaje (esta vez hecho por periodistas de verdad)… total, que Pedro y yo, alumno y profe, terminamos en el telediario de Jesús Hermida, que por entonces era el de las nueve de la noche en la primera cadena.

Vamos, que con la cosa esa de realimentarse, los medios hacen que crezcan las noticias. Si aquello no dejaba de ser una curiosidad sin importancia, a ver cómo iban a dejar pasar algo tan suculento con ingredientes como soborno, compra de votos, Franco, el gran hito de la historia de la música en España, Eurovisión, Massiel y la pérfida Albión, que, oye, Gibraltar no nos lo devolvió, pero la ganamos, hala. Y de todo esto, hace cuarenta años.

Lo realmente gracioso es ver cómo de unas frases extraídas de un documental que AUN no se ha visto (lo ponen esta noche, a las once en la Sexta) , y que igual es hasta una pura anécdota, se ha construido uno de los líos más impresionantes de la historia televisiva (y sus líos impresionantes) de los últimos tiempos. Con una Massiel desmelenada, plenamente convencida de que esto es una maniobra para hundirla a ella, con los años de carrera que lleva, con un Iñigo un poco acojonado (y preguntándose seguramente por qué demonios no se quedaría callado) tratando de decir que han manipulado sus declaraciones, con los programas sacando partido y dedicando horas, con los periódicos “serios” (es un decir) entrando en el asunto también y corroborando que sí, que eso ya lo sabían ellos y ya lo habían publicado, Ussía dice que a él ya se lo habían dicho… un sindiós.

A mí lo que más gracia me hace, porque ya sabemos que este país es como es, que podemos enzarzarnos en unas discusiones tan surrealistas (cómo puede extrañarse alguien, de que el más adecuado para representarnos, visto lo visto, sea Rodolfo Chiquilicuatre), lo que más gracia me hace y no puedo salir de mi asombro es que en Inglaterra estén cabreados con el asunto (con efecto retroactivo, claro, cuarenta años, recordemos) y Cliff Richard, que tiene tratamiento de sir (vamos, la repanocha) reclama ahora un honor que le fue arrebatado, y que según cuenta, ha marcado toda su vida por aquello de quedar el segundo, que ya se sabe que resulta altamente frustrante (hay un estudio publicado por ahí que señala que sufre mayor frustración el que consigue la medalla de plata que el que consigue la de bronce, eso en las pruebas deportivas, supongo que en Eurovisión no será lo mismo, pero en fin…).

Tenía la tentación de poneros el Chiki Chiki, pero no voy a hacerlo, ni siquiera en la versión asturiana, apta solo para los de aquí, por la cosa de la lengua y las referencias , que han hecho los muchachos de Terapia de Grupo, el programa de la TPA. ¿No hay que escuchar siempre a las víctimas? Pues ahí lo tienen, la auténtica víctima de todo este embrollo. El pobrecito mío.

Esta mañana T, en su línea de hacernos pensar, nos envió al patio virtual que compartimos el particular aquelarre de brujas de colores, una pregunta aparentemente inocente y que tenía que ver con la soledad. En concreto el planteamiento era el siguiente:

La soledad personal, es decir la ausencia de la compañía de las personas que amamos ¿a qué es proporcional?

A) A cómo sean ellos y cómo seamos nosotros emocionalmente.
B) A los años que tengamos
C) A la distancia física en la que ellos y nosotros vivimos (ciudades diferentes, etc)
D) A múltiples circunstancias vitales.
E) Otros motivos.

Y claro, ahí estuvimos nosotras reflexionando sobre ello, razonando, argumentando. Al final de la mañana, como suele ser habitual, T. nos hizo llegar la respuesta correcta, la B, según los expertos, que por cierto, tengo que preguntarle quién es el autor, porque no lo ha dicho.

(…) “El tiempo nos empuja por la espalda con una fuerza centrífuga, alejándonos hacia afuera hasta lanzarnos de un empujón al olvido. Es una ley del movimiento, un hecho físico. Como todas las cosas de El Universo, igual que las estrellas enanas blancas o las gigantes rojas, estamos destinados a divergir desde nuestro nacimiento. El tiempo no es más que la medida de esta separación. Si somos partículas en un océano universal, si somos el resultado de la explosión de un todo original, es posible decir que existe una ciencia de nuestra soledad. Estamos solos en proporción a nuestros años de vida” (…)

Parece ser, por tanto, que eso de cumplir años es lo que nos obliga a estrechar relaciones personales, o a intentarlo, que hay veces que en los años de la independiente y autosuficiente juventud quemamos demasiados puentes, especialmente con los familiares, con los amigos de la infancia. Seguramente de ahí el éxito que tienen, a medida que pasan los años, los reencuentros de compañeros de clase, o incluso de antiguos vecinos de determinados pueblos o barrios.

Y estaba yo pensando en eso, y esta misma tarde me he reencontrado (virtualmente también) con una vieja amiga, con la que compartí muchos años de aulas, para ser exactos de los ocho a los dieciesiete años, nada menos…

Si de algo puedo presumir es de los afectos que tengo, de todos los amigos que me han acompañado durante muchos años, de los que me he ido encontrando, de los que aparecen en el camino cuando menos te los esperas, de los que recuperas del pasado, de los que a lo tonto empiezas a pensar (el otro día lo hablaba con mi amigo Juan Carlos) y resulta que llevan más de veinte años instalados en tu vida… Todo este afecto, que me rodea y me salva, que acuna el dolor, que estimula la mente, que colabora en la risa, que comparte la emoción, que está y ya, es el mayor tesoro que poseo, seguramente el único que de verdad tiene valor. No sé si esto ha cambiado al pasar los años, no sé si los necesito más o menos, creo que con todos ellos mantengo una relación de muy poca dependencia y mucha disponibilidad (lo cual no es contradictorio), sé también que la distancia (hombre, las ganas de achuchar a mi niño que está lejos no la niego) no incrementa la soledad, así que no sé…

Como siempre me sorprendéis con vuestros comentarios, hoy me voy a permitir la libertad de pedir directamente vuestra opinión, quiero saber cómo lo véis… (A ver si resulta que hoy me sorprendéis y no comenta nadie… :) )

La foto la he encontrado por la red. El nombre del autor -y mira que lo he buscado- no aparecía por ningún sitio, así que espero no estar cargándome algún derecho de autor o algo…

Una playa propia

Cuando tenía diecisiete años leí Una habitación propia, de Virginia Woolf, y aunque no puedo decir que me cambió la vida, sí que fue muy importante en aquel momento. La necesidad de un espacio físico propio (entonces yo lo veía con una utilidad de pura creación, un lugar para escribir) y la metáfora de la indepencia detrás de ello, marcó en gran medida mi existencia. Años más tarde le regalé ese libro a mi hija, pero afortunadamente creo que para ella ya no resultaba nada nuevo lo que decía Virginia Woolf, lo que no deja de ser un buen síntoma.

Esta mañana pensaba en ello mientras paseaba por la playa. La marea baja, el cielo gris, las olas levísimas, el agua por las rodillas . Y solitaria. Apenas tres o cuatro personas en un recorrido de unos dos kilómetros. Lo suficiente para poder cantar a voz en grito las canciones que sonaban en mis oídos sin temor a que me tomaran por una chiflada (¿no resulta escalofriante escuchar cantar a los que llevan los cascos puestos y acompañan una música que sólo ellos escuchan?). En algún momento sentí que ésa era también mi habitación propia, que las paredes se habían desvanecido y las olas, las nubes, la arena, el cielo oscuro, eran los límites y eran míos. Que ésa era una playa propia (la mía, con el permiso de todos los gijoneses, eso sí) porque en ella, en ese mismo instante, mi vida me pertenecía y la vieja sensación de revelación que en su momento supusieron las palabras de Virginia Woolf, volvía a invadirme, con otro sentido, no sé si más lúcido y más real, o más disparatado, no lo sé. Pero, como entonces, algo que se parecía mucho a esa felicidad que se alcanza cuando se tiene conciencia de una misma, se hizo cómplice de la mañana, de las olas, de las nubes.

Y encima, en el Ipod sonaba esto, que obviamente no tenía nada que ver con el rumbo de mis pensamientos, pero que me encanta, qué le vamos a hacer :

Me había dicho a mí misma que no  le daba otra oportunidad a Eduardo Mendoza. Cuando publicó Mauricio o las elecciones primarias, confirmé algo que venía sospechando después de leer El año del diluvio y sobre todo Una comedia ligera. Que no me gustaba nada cómo iba derivando su trayectoria literaria.

Pero empezaré por decir algo: Son sólo opiniones muy personales y sin más rigor crítico que el de lectora sin más. Y la vida de los libros es caprichosa, porque depende de nuestra capacidad de lectores. Y como lectores, yo al menos, soy un ser voluble y caótico. No hablo ya de ahora, que mi capacidad para leer es la que es, o sea lamentable. Hablo en general. Los libros tienen que encontrarnos en el momento adecuado. Hay novelas que en un momento se nos caen de las manos y que en otro pueden entusiasmarnos. Todo depende, ya lo dice el Pau.

Dicho lo cual, retomo. Que vamos, que la novela de Mauricio me pareció tan mala (y a lo mejor era cosa mía, me remito al párrafo anterior) que no pude con ella y me dije que ya le había dado demasiadas oportunidades y que no más.

Porque a mí Mendoza antes me gustaba mucho. Me encantaba  esa esquizofrenia narrativa que lo llevaba a combinar las novelas serias con las divertidas, las bromas, las parodias, y que se tradujo en dos novelas imprescindibles: La verdad sobre el caso Savolta y La ciudad de los prodigios, entre las serias,  y luego “las otras”,  El misterio de la cripta embrujada, El laberinto de las aceitunas, Sin noticias de Gurb, La aventura del tocador de señoras.

Bueno, pues ahora ha publicado El asombroso viaje de Pomponio Flato y decidí darle una oportunidad, ya que el libro cayó en mis manos, era breve, se leía bien, y en estos tiempos que vivo esas cosas pueden ser determinantes. Además, la novela prometía ser de las que conforman la rama de novelas hilarantes, y allá fui.

La consecuencia es que he podido leerla (mucho menos rápido de lo que habría hecho, pero eso es culpa de la fatiga crónica y no de Mendoza) y aunque no es tan divertida como en su día me lo parecieron El misterio de la cripta o El laberinto de las aceitunas, tampoco está mal.

Es cierto que juega con elementos que de por sí, y bien articulados pueden constituir un éxito seguro, y que remiten inevitablemente a La vida de Brian, no por nada, básicamente por la cosa del humor y por ambientación y personajes, porque la acción se desarrolla en Nazaret en tiempos en que Jesús es niño. Cuenta la historia de Pomponio Flato, un romano que anda buscando una fuente milagrosa y termina en Nazaret donde un carpintero de nombre José (¿les suena?) va a ser ejecutado, acusado del asesinato del rico Epulón. El tal Pomponio Flato se convierte en detective de la mano del hijo del acusado, un niño que se llama Jesús.

La trama no es que sea particularmente descacharrante, en realidad es una investigación y poco más. Pero a mí me ha hecho gracia. Y claro, esto del humor, como es de cada uno, pues no tiene por qué ser compartido, pero a mí me hizo sonreír del mismo modo que lo hicieron las otras novelas que ya he mencionado. Por una cosa muy sencilla y que para mí (para mi sentido del humor) es definitiva: el lenguaje que utiliza. La gracia está en el lenguaje que emplean los personajes, particularmente el narrador, que utiliza la primera persona, algo que siempre hace en este tipo de novelas, presentándolas con forma de carta (en este caso) o de informe, (en el caso de Sin noticias de Gurb).

Pomponio Flato no es un personaje tan hilarante en sí mismo como podía serlo el protagonista de El laberinto… o El misterio de la cripta… (del que por cierto nunca supimos el nombre, puesto que solía adoptar el de Sugrañes en homenaje al médico del psiquiatrico en el que está ingresado). Y tampoco puede utilizar la baza fantástica del extrañamiento que se jugaba con el protagonista de Sin noticias de Gurb.  En realidad el extrañamiento era determinante a la hora de conseguir que el lector se riera. En un caso porque asistíamos al discurso de un loco y su estrafalaria visión de situaciones y personajes. En el segundo porque quien contaba la historia era un extraterrestre interpretando la vida de los terrícolas. Pero hay que reconocer que el hecho de que sea un romano de la orden ecuestre, fisiólogo aficionado que anda buscando aguas de propiedades mágicas lo que lo lleva a contraer una diarrea bastante estruendosa que lo acompaña durante toda la novela, ya da una medida bastante aproximada. No puede ser tan gracioso, no puede tener el extrañamiento como técnica que facilite la risa. Ni siquiera los judíos pueden ser vistos con ese grado de incomprensión e interpretación disparatada que tenían las otras novelas.

O sea, que sí, que se trata de una novela divertida. Seguramente podría serlo mucho más (supongo que el referente de La vida de Brian pesa demasiado, después de esa película a ver cómo lo superas. O cómo lo igualas)

Así que no sé si la recomiendo. Tal vez sí. Se deja leer, no es pretenciosa, hay algunos momentos divertidos, la trama está resuelta (lo cual en tiempos de tanta novela que termina en aborto ya es un triunfo) y en cualquier caso se queda en mucho menos de lo que podría ser. Así que si no se espera demasiado de ella (era mi caso, empecé a leerla preguntándome si haría bien concediendo una nueva oportunidad a Mendoza), puede hacerte pasar un buen rato. Sin tomársela demasiado en serio (el humor hay que tomárselo muy en serio, así que en este caso mejor no hacerlo) porque he leído en algún sitio que el propio Eduardo Mendoza la considera un disparate y una diversión sin pretensiones.

Eso sí, tal vez puede ser un buen momento para recuperar (o conocer al Mendoza de hace unos cuantos años) y leer, si no se ha hecho ya La verdad sobre el caso Savolta o La ciudad de los prodigios. Y si te quieres reír de verdad, busca El misterio de la cripta embrujada o El laberinto de las aceitunas.

Claro, que si tenemos en cuenta que estas cuatro últimas novelas que he mencionado tienen ya un buen montón de años, igual va a ser que en mi memoria permanecen como estupendas o como divertidas según el caso, porque yo era una lectora más dispuesta en aquel momento. Porque, ya se sabe, con los libros se establece una relación personal, un intercambio de emociones. Y todo depende.

Si el domingo, como es sabido es un descenso inevitable por la cuesta abajo de la melancolía, cuando además supone una despedida, un ya nos veremos dentro de dos meses, un cuídate mucho y no corras, una sonrisa que pones pero duele, entonces el domingo es una maldición.

Todo es cuestión de vaivén. Ayer la llegada por sorpresa de mi hijo (bueno, de mi hija también, pero ella vive habitualmente en la ciudad, a cinco minutos de casa) fue un subidón, pero hoy, claro, se va, y entonces es una caída de esas que encogen el estómago.

Y la tarde se ha puesto gris y tristona, y siento que las horas han volado y siento que lo echo tanto de menos ahora, que puede que ni siquiera haya salido de la ciudad para coger carretera y tres horas y pico que lo separan de mí.

Y pienso que esto de la maternidad, esto de los hijos es una faena, que nadie te avisa(y aunque lo hicieran no lo entenderías) de lo duro que es cada vez que se van de tu lado, aunque sean adultos.

Así que en estas estoy en este domingo del día de la madre. Tratando de entender que tengo que estar feliz porque el trabajo está bien hecho: se va porque es su vida, porque he conseguido que sea independiente y que afronte sus propios problemas, y sus decisiones, y sus responsabilidades. Tengo que estar feliz porque tengo dos hijos que ni siquiera en el más optimista de mis sueños pude haber imaginado.

Pero esto es jodido, la verdad.

(Había pensado poner unas fotos ecuestres de esta tarde, pero al final me he decidido por este vídeo de homenaje al Sporting de Gijón con una canción de Dark la Eme, que preparó mi hijo hace unos días para este equipo suyo que tan pronto le da un alegrón, como lo mata a disgustos. Cuestión, también, de vaivenes…)

Hoy no escribo…

… como no sea para decir que los niños me han sorprendido mucho. La niña se había ido a pasar el puente con su hermano a Coruña, y mientras me contaban que estaban paseando por Santiago, donde para variar tampoco llovía, viajaban hacia casa para darme una sorpresa.

Y aquí están. Cómo crees que no íbamos a venir a pasar el día de la madre contigo… me han dicho.

Que hayan venido sí que hace que se me caiga la baba…

Y ahora permítanme que me dé un ataque/arrebato de mamá orgullosa, como una folklórica cualquiera y déjenme que les remita al diario El País de hoy, concretamente en EP3,que sale la niña, con foto incluida…

El motivo, de nuevo, Hank Over, el libro de homenaje a Bukowski.

Sólo espero que, a ser posible, mi madre no lo vea. No sé yo qué pensará del titular bajo el que aparece la foto de su nieta: “Cinco hijos de Satanás”. Ainsss..

Enhorabuena, Sofía. La primera vez que El País habla de ti. Y la certeza de que no será la última…

En la red se puede leer aquí. Pero, ay, no sale foto…

(Hala, ya me he desahogao del orgullazo que tengo)

A buenas horas. Con la tarde ya cayendo, el paseo del Muro repletito de todos los madrileños y de otros lugares que consiguieron salir de los atascos y llegar a esta ciudad del norte… ya sé que los días se felicitan desde primera hora, pero la salida de ayer (quién lo diría, menudo exceso) tuvo sus consecuencias y hasta ahora no he recuperado la parte de mí misma que puede ser mínimamente activa.

Así que feliz día del trabajo, porque por ser una maldición bíblica, el hecho de que lo abracemos cada día y cumplamos obedientemente, nos convierte en héroes,  porque algo malo tendrá cuando nos pagan por ello (¿no es sospechoso?), porque el trabajo se parece mucho al amor, al menos en el ni contigo ni sin ti, porque hay razones para celebrar que se hayan conseguido cosas en el asunto reivindicativo, y muchas otras para lamentarnos (y espabilarnos) por las que quedan por conseguir.

Y porque es día de fiesta, y porque estoy perezosa, ahí va un vídeo de yutuf que todos conoceréis (ya es muy viejo, lo sé) pero a mí todavía me pone de buen humor cuando lo veo.

Feliz día…

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