Ayer leía en Marcella y su vestido a rayas un post con el que me identifico plenamente. Decía María que no puede entender que sucedan las cosas que suceden y la gente permanezca, permanezcamos todos, con esa dosis de indeferencia. Se refería sobre todo al asunto del Parlamento Europeo y ese texto tan molón sobre los inmigrantes. Eso que han firmado sin que hayamos ni pestañeado, entre otras cosas porque anda el personal muy entretenido con la Eurocopa.
No es lo único que nos viene de Europa en quien teníamos muchas esperanzas puestas. Ahí está lo de las 65 horas. Y ahí están los gobernantes tan progresistas, como se dice por aquí, “sin gurgutar”, vamos, sin decir ni mu.
El sistema es muy listo. Y nosotros muy tontos. El sistema nos pone a funcionar desde que somos pequeñitos. Nos presenta el horror de los otros, los niños que se mueren de hambre en la lejana África. Nos orienta para que estudiemos, no sea que terminemos como esos adolescentes delincuentes y drogadictos. Nos muestra la necesidad (por nuestro bien, claro) de tener un trabajo, ese preciado bien por el que tantos se pelean y solo los elegidos consiguen, porque no hacerlo es entrar en la marginación. “Esa” horrible marginación de quienes viven en la calle, o debajo de un puente. De los que se apearon y así les va. Y una vez que hemos conseguido esa inmensa gloria de tener un trabajo (y se nos olvida que algo tendrá el trabajo cuando nos pagan por ello), entonces accedemos directamente a nuestra condición de consumidores de pleno derecho (hasta ese momento nos habían aficionado a ello, pero a cuenta de otros). Y como somos consumidores de pleno derecho, tenemos que comprarnos un coche (por el que nos empeñamos, porque tiene que ser un “buen” coche) Y tenemos que tener una casa (que nos hipoteca de por vida). Y así las cosas, para mantener nuestra condición de consumidores de pleno derecho, a trabajar como cabrones, porque si no lo hacemos, nos espera el abismo del desempleo, y el banco se llevará nuestro coche, y nuestra casa, y nos convertiremos en eso que nos asusta: en los otros. Los que no tienen nada, los que se quedaron a las puertas de este mundo nuestro a ver si caía alguna migaja. Cómo va quedarnos alguna energía para protestar cuando vemos de qué forma se va recortando todo, cómo nos convertimos cada vez más en esclavos, cómo somos sobre todo los cómplices de un sistema al que nos agarramos para no caer al otro lado de la frontera, que la mayor parte de las veces no está pintada en ningún sitio pero que separa dos mundos con difícil arreglo.
Nos han inoculado el miedo. Miedo a perder el trabajo, miedo a perder lo que tenemos (porque hay que ver cómo nos agarramos a nuestras posesiones) miedo a la delincuencia que generan los del otro lado cuando entran en nuestro mundo, miedo a ser como ellos. Así que, tal como están las cosas, mejor que la separación entre un mundo y otro sea cada vez mayor. Mejor olvidarnos de la condición de emigrantes que quien más quien menos conserva todavía por sus venas . Porque nosotros lo hemos conseguido. Nosotros no somos como ellos. Y a ellos se les aparta y en paz. Además, qué coño, como si tuviéramos tiempo de pensar en esas cosas, con lo que tenemos que currar, que para eso el sistema ya se encarga de que euribor nos chupe la sangre, y si hay que trabajar 65 horas pues habrá que trabajarlas, que mira cómo está de cara la gasolina y lo que me gasta el 4×4 ése que utilizo sobre todo para ir a comprar el pan…
Así que nada. Nadie dice nada. Todos anestesiados, tan ocupados en mantener como sea nuestra estancia en este lado del mundo. En mantenernos, aunque sea en equilibrio inestable, sin caer al otro lado de la línea. Porque no queremos ser como ellos.
A veces, como soy un poco boba, me da por pensar en un montón de gente de hace cien años, de hace setenta años, de hace incluso cincuenta años. Los que hacían huelgas durante meses y contaban con la solidaridad de tanta gente. Los que salían a la calle y llevaban leña, y los metían en la cárcel, y los mataban. Los que fueron construyendo la Europa de la libertad, y del bienestar, y del respeto. La Europa que envidiábamos cuando estar a este lado de los Pirineos era estar al otro lado de casi todo. No sé si no se les caería la cara de vergüenza, de verdad.
Supongo que uno termina teniendo lo que se merece, aquello contra lo que no es capaz de rebelarse. Hace un par de años charlando un día con el escritor José Carlos Somoza, contaba que le resultaba estremecedor, incomprensible y muy revelador, el hecho de cómo de un día para otro a los judíos alemanes se les había obligado a llevar una estrella cosida en la ropa porque sí, y que parecía increíble, pero no había pasado nada, todo el mundo había actuado con normalidad, con absoluta indiferencia. Como si no pasara nada.
No sé por qué, pero ahora me acuerdo mucho de eso.
Escrito en General | 19 Comentarios »





