Fuentes web
Entradas
Comentarios

La búsqueda

El otro día T, una de mis mejores amigas me dijo algo que me dejó un poco, no sé si perpleja, pero por lo menos me dio para pensar. Ella dice que desde que me conoce (y ya son años) llevo a cabo un juego de búsqueda. Me decía que no iba a preguntarme qué es lo que busco, porque el resultado es terapéutico (¿he dicho que T es psicóloga?).

El caso es que eso me hizo pensar, que son días estos muy proclives a esa actividad, a eso de valorar las búsquedas, los encuentros, las ilusiones y la maldita decepción, ésa misma que lleva tantísimo tiempo  masticar en condiciones para poder tragársela sin que anude la garganta y provoque llanto.

Yo no sé si nos pasamos la vida buscando o si soy yo sola, que soy rarita y ya dice mi madre que desde que me caí por las escaleras de mi casa a la tierna edad de año y pico, no debí de quedar del todo bien del tarro. Lo complicado del asunto es que, dando por cierto la afirmación de que sí, de que me paso la vida buscando algo, (y puede que hasta los demás también lo hagan y ni siquiera yo, golpes en la cabeza aparte, sea por lo menos original) , a ver quién es el guapo que sabe decirme qué busco.

Sí, yo misma debería saberlo ¿no?  Ya. Pero si hasta el viernes mismo, cuando me lo dijo T, ni siquiera había reparado en el hecho de esa búsqueda permanente, y por lo visto tan infructuosa  porque hace ya (muchos) años que me tiene inmersa en el juego. Si a bote pronto me preguntara alguien “¿Tú qué buscas?”, les diría que, aparte de una piedrecita de color violeta cargada de cariño que me regalaron hace unos meses y que no tengo ni la más remota idea de dónde puede estar y me tiene inconsolable, busco la felicidad. ¿No responderíamos eso la mayoría de los humanos?  Parece muy obvio, ¿no? Pero si miras a quienes transitan por ahí y te paras a tratar de leer en sus frentes, más que nada porque se supone que detrás de ellas se encuentran sus cerebros, las respuestas no son tan genéricas. Hagamos recuento: conozco gente que busca el éxito profesional a toda costa. Gente que busca que le toque la lotería. Gente que busca dinero, no importa cómo. Otros que buscan la forma de deshacerse de sus parejas sin que se note demasiado. Hay quien busca desesperadamente un marido. Y quien busca desesperadamente una mujer. Ya puestos, hay quienes buscan sexo . Otros quieren tener hijos. Cambiar de casa. Terminar de pagarla. Largarse de la ciudad y abrazar la vida aquella del beatus ille. Los hay que quieren que el destino se apiade de ellos y cambie su vida en cualquier dirección, la que sea. Hay alguno que busca terminar su carrera, o aprobar una oposición y ser funcionario hasta la jubilación. Otros, en cambio buscan el valor suficiente para abandonar su vida de funcionario y dedicarse a la bohemia (sin mucho convencimiento, la verdad). Otros que buscan adelgazar diez kilos, quitar diez arrugas, recuperar una decena de millones de pelos en la cabeza. Por no hablar de quienes buscan la fórmula efectiva, barata, definitiva, y ¿he dicho barata? de liberarse de otros tantos pelos que pueblan las piernas con una insolencia que raya el insulto. Hay quien busca la forma de recuperar un antiguo amor. Hay quien busca recuperar la salud. ¿Es todo ello una forma de buscar la felicidad?

En este inventario tan incompleto como apresurado, no he encontrado ni una sola de las cosas que puedo andar buscando yo. Ni una, porque ni siquiera la recuperación de la salud, que tan bien me vendría, justifica ese juego de búsqueda, y además tampoco vale, porque conozco a T desde muchos años antes de estar enferma. Así que no puede ser eso.

Parece una tontería, pero llevo tiempo dándole vueltas a esto, y encima según T, la respuesta es terapéutica y a lo mejor quiere decir con ello que el día que descubra qué es lo que busco… a lo mejor… ¿a lo mejor, qué? ¿Qué puedo resolver sabiendo qué es lo que busco, a lo que juego desde siempre? ¿No será el juego por el juego, sin más, la búsqueda como actitud sin que se sepa muy bien cuál es el trofeo a conseguir?

¿Será que tengo la impresión de que es buscar lo que me mantiene viva, que el único juego posible es la búsqueda?

Ay, madre, qué cosas tan complicadas para empezar el lunes…

Queridos lectores, porfavorporfavorporfavor… ¿podríais decirme si vosotros buscáis algo, y en ese caso, qué buscáis?  ¿O soy yo que definitivamente quedé “tocada” después de mi esplendorosa caída escaleras abajo? O, peor aún, ¿será que lo que me ocurre es que, como se dice por aquí, estoy “refalfiá” y ya no sé ni lo que quiero?

(Y ya puestos, si alguien sabe del paradero de mi piedrecita de la suerte… Se gratificará…)

Marta_AltieriMarta Altieri

Actualización: Dice T, que el otro día la entendí mal (ya decía yo…) que lo realmente terapéutico es la búsqueda, el juego de buscar siempre, independientemente de  que uno sepa lo que busca, e independientemente de lo que se encuentre, que puede ser hasta catastrófico…

Inventos

Ayer mantuve una interesante conversación con un amigo acerca del modo en que la tecnología influye en las relaciones personales. Ya sé que muy originales en los temas  no somos, que es un lugar común. Como en estas cosas siempre hay mucho apocalíptico, estamos cansados de leer y escuchar a los sesudos pensadores que se empeñan en asegurar que internet (qué gracia hace cuando la gente dice “internet” tan en general, como si debajo de esa palabra no se ocultara una pluralidad, millones de autopistas, millones de refugios, millones de posibilidades) es la culpable de que la gente (y los niños, ay, los niños, siempre pensando en los niños) se relacione cada vez menos, permanezca en su cuarto en lugar de encontrarse en la calle o en el parque o en el bar con sus amigos. Que si el aislamiento. Que si la perversión implícita en unas relaciones “de mentira”, “artificiales”, porque falta el cara a cara (hay sesudos pensadores e ignorantes de toda especie que ni siquiera saben que, por ejemplo, existen las webcam). Que si la gente se oculta detrás de la pantalla porque tiene pánico a los encuentros reales.

Todo lo antedicho es mejor obviarlo, ni siquiera merece la pena discutir con quien es capaz de decir tantas tonterías ( y sin ruborizarse) porque detrás de esas afirmaciones tan tajantes suele ocultarse aquello del “desprecia cuanto ignora”.

La conversación con mi amigo, que es psiquiatra y un tipo encantador, estaba un escalón por encima de toda esa colección de tonterías. Hablábamos de cómo la inmediatez que facilita la tecnología a la hora de relacionarse influye positiva o negativamente en el modo en que se organizan las relaciones.  Antes, si tenías un novio lejos (en la mili, por ejemplo, quienes aún tuvieron novios cuando existía la mili) comunicarte con él consistía en escribir cartas que tenías que llevar a correos y confiar en que el servicio fuera lo suficientemente rápido para que le llegara en tres días, tras los cuales él te respondía, con un poco de suerte al día siguiente, y luego la enviaba, y volvían a pasar otros tres días para que te llegara. Creo que era en una novela de Delibes (¿o es en una de Carmen Martín Gaite, Fusa?) en la que un personaje lo comenta. Estoy buscando el fragmento concreto pero no lo encuentro, y el caso es que ilustraba muy bien esto. Un personaje decía que tener el novio lejos era una lata , porque si te enfadabas con él y se lo decías por carta, para cuando te llegaba la respuesta ya habían pasado varios días y a ti se te había olvidado, pero él no lo sabía y prolongaba la discusión, o te la recordaba,  y aquello no se acababa nunca.

La tecnología soluciona esos problemas, naturalmente. La inmediatez, la profusión, la cercanía ficticia (pero muy convincente), la posibilidad de la palabra y de la imagen y del sonido. ¿Cómo era eso que decían que la gente se relaciona menos “por culpa de internet”? La evolución en los sentimientos, en los afectos, en la confianza, en la intimidad, en la complicidad, que en una relación normal (incluso aquellas que no están gobernadas por la lejanía) requiere un tiempo (y habrá quien diga que ésa es justamente la ventaja),  es más rápida en estos tiempos de relaciones tecnológicas,  por la concentración que supone la utilización sistemática del lenguaje con sus enormísimas posibilidades (las palabras son mágicas, y una buena utilización de ellas conecta directamente el corazón y el cerebro, eso supongo que no admite discusión) .

La duda está en si todo eso no tiene algún efecto en el que no hemos reparado del todo. La frase tan habitual de que la información no se traduce necesariamente en conocimiento, que es uno de los “peligros objetivos” de gran parte de lo que tiene que ver con la red. La inmediatez, la profusión, la aparente cercanía ¿nos proporciona un conocimiento “real” de las personas con quienes nos relacionamos? No estoy hablando, naturalmente, de las imposturas de esos chats de madrugada en que todos los tíos son diez centímetros más bajos de lo que dicen y todas las tías pesan realmente diez kilos más de los que confiesan. Estoy hablando de la imagen que trasciende de cada uno de nosotros cuando escribimos, cuando mantenemos conversaciones, cuando nos comunicamos por correo electrónico. Me refiero, naturalmente a cuando lo hacemos con “desconocidos”, con esa gente que está al otro lado de la pantalla a quien nunca hemos visto y con quien extrañamente descubrimos afinidades, afectos, cercanías.

Este verano conocí a una de las personas que frecuentan este blog. La conocí personalmente, quiero decir: tuvimos la oportunidad de vernos y abrazarnos. La conocí a ella y a su chico y a su niño. Era una situación un poco extraña cuando pensaba en ello en los momentos previos a su llegada, y eso, que , naturalmente, no es la primera vez que me ocurre. Me refiero a ella porque es la más reciente. Toda esa extrañeza se desvaneció en cuanto nos miramos y nos abrazamos.

Todos los sesudos pensadores y los ignorantes sin remedio, deberían probarlo alguna vez. Qué horizonte tan amplio se abriría en sus obtusos cerebros. También las violetas escondidas en el borde del camino sólo son visibles para los que entienden lo esencial.L_20070414_DSC_0046

Y, por cierto, hablando de inventos… Ayer fue un muy buen día para darle las gracias ad aeternitatem a Graham Bell, o a Antonio Meucci (por lo visto, Bell fue el listo que lo patentó y aquí estamos todos, mencionándolo siempre,  como si tal cosa), o a quien quiera que inventara esa cosa tan útil, tan verdugo de lejanías. El teléfono, digo. Bendito sea.

Decisiones, pero menos

Durante todo este tiempo que he permanecido alejada del blog, aunque haya seguido leyendo a los amigos, y siguiendo las peripecias vitales de todos a través de lo escrito, han pasado cosas. Unas importantes, otras nimias, la mayoría (la “inmensa mayoría”, D, je) prescindibles. Si ahora hiciera un inventario de todas ellas es muy posible que sucediera algo curioso: a pesar del escaso tiempo transcurrido, tendría ya la perspectiva adecuada, no sé si provisional o definitiva,  para concluir que lo que nos ocurre es raro, muy raro. Que la vida es muy extraña. Vivimos determinados momentos con la certeza de su capital importancia, de su transcendencia, de su vocación de eternidad. Y asistimos a otros acontecimientos diminutos, pequeños detalles que pasan desapercibidos. Y a poco tiempo que pase, descubrimos que ni uno era tanto, ni otro tan poco. Sé que estoy diciendo obviedades, pero es que estos días me está resultando sorprendente la increíble relatividad de todo lo que pasa.

Es como el asunto de las decisiones. Cada vez que nos situamos en una disyuntiva (y cuántas se nos plantean a lo largo de la vida):  esta ciudad para vivir o esta otra, elegir entre dos novios, o entre dos trabajos, tomar la decisión de tener o no un hijo… Creemos, ingenuos de nosotros, que esas decisiones son las que tienen una importancia capital, y que tenemos que pensárnoslo todo muy muy bien, por la transcendencia que ello va a tener en el devenir de los acontecimientos… Y resulta, que al final, lo que de verdad nos cambia la vida, lo que da un giro inesperado al hilo argumental de esa historia de impreciso género narrativo que es nuestra existencia, es lo más inesperado, ese segundo en que nos despistamos al volante, el semáforo que cambió de color en el último momento y que nos hizo tener que esperar al siguiente autobús, el segundo exacto en que nuestra profe de biología se quedó embarazada y fue sustituida por aquel tipo que cambió nuestra vida y nuestra vocación, o aquel simple click en un enlace que nos descubrió la existencia de alguien que termina por instalarse en nuestros días como un okupa.

Por eso, aunque quisiera, creo que me resultaría extraño hacer un recuento a modo de resumen. Ya irán saliendo cosas. De momento, esta mañana me apetecía estar contenta y recordé esta canción y la peli de la que era banda sonora. Supongo que los recuerdos trastornan (y sobre todo distorsionan) la realidad que se supone que representan, pero por alguna razón, seguramente esa misma, la versión de Bonnie Raitt y las imágenes de la película que recuerdo vagamente como algo grato (vete tú a saber por qué) me pone de muy buen humor. Y eso a pesar del día que, ay, me espera…

Un apunte: En un par de semanas, seguramente (digo seguramente porque tengo que contar con las reservas de energía, tan escasa, y esta afición al dolor que tiene mi cuerpo, ay…) pasaré dos o tres días en Madrid, que este año está la niña viviendo allí. Aunque tengo una agenda teóricamente apretadísima, molaría veros a algunos de los madrileños que os dejáis caer por aquí… Por poneros cara. Y por los abrazos necesarios… Seguiremos informando.

No es una declaración de intenciones, que me conozco. Basta que uno diga eso de hoy vuelvo, voy a escribir a diario, este es el inicio de un tiempo de escritura feroz, de posts diarios, de constancia nunca vista, para que ese post justamente, sea el prólogo de un silencio a veces hasta definitivo. Es como cuando uno jura que jamás en su vida volverá a ceder al amor: vendrá el amor arrollando y demostrando al infeliz que fórmula tan taxativa sucumbe sin remedio. Es como cuando una dice, no te preocupes, vete y tómate tu tiempo, que aquí me quedo, como Penélope en la estación (del Ave) tejiéndote una bufanda en los días que destejeré en las noches, para que la chica del bolso de piel marrón y los zapatitos de tacón y el traje de domingo, descubra lo guapísimo que es el jefe de estación.
Somos así. Como si estuviéramos tejidos a punto inglés con los hilos de la contradicción pura y dura.

Y una vez aclarado que no reinicio esto con el entusiasmo de la inconsciencia que tantos disgustos acarrea, aquí estoy.
Aunque esto tenga un cierto aire de abandono. Aunque tenga que empezar por abrir las ventanas y sacudir el polvo y limpiar las telas de araña, y dar por hecho que tardarán en llegar los visitantes asiduos y queridos, tan injustamente abandonados.
Aquí estoy:
Renaciendo.
Reviviendo.
Recomenzando.
… que son muy malas las cenizas, hombrepordiós… Y las esperas. Y las dudas. Y eso de quiero una cosa pero hago otra y de paso me niego lo que quiero y me afirmo en lo que hago aunque no lo quiera.
… que hay mucha vida para empezar muchas veces…
DSC_0673
Y empieza a ser otoño. Y a veces la luna, cuando todo está tan borroso, hasta tiene forma de corazón. Torcido, sí, pero corazón.

Pretérito perfecto

Porque   el porvenir  es incierto,

invéntame el pasado improbable

de mis coletas y de tu bici,

de árboles para trepar y atrapar

estrellas desde las ramas,

y  de un   cuaderno en el que escribí cien veces

cuánto te quería.

Cuéntame cómo fuimos

el otoño

de tu melena larga,

y de aquel cuarto que vio cómo se fugaba la tarde tras la ventana.

Háblame

de una playa en la que escribiste mi nombre,

de flores aplastadas entre las páginas de un libro,

y de cielos en llamas incendiando el océano.

Y dime cómo fue aquel tiempo

en que tuvimos besos y tuvimos alas,

y salimos volando hacia el futuro,

porque teníamos que encontrarnos.

.Corazon con alas

Busqué la canción con esa urgencia que a veces nos procuran los detalles más tontos, y que Carlos la hubiera mencionado sin más en uno de sus correos me llevó inevitablemente a la temblorosa emoción de Caetano Veloso, que se puso a pintar con los colores de su voz una de esas horas brujas desiertas, que te dejan con la tonta sensación de estar queriendo solo tú.

Así que Caetano Veloso cantaba aquello de Que estranha forma de vida/tem este meu coração:/vive de forma perdida; /Quem lhe daria o condão? /Que estranha forma de vida, y la melancolía esa que se anuda y acaba por estrangular los mejores propósitos, (y disfrutar de mi primer fin de semana después de la vuelta al trabajo era uno de ellos), empezaba a flotar en el aire que no terminaba de arrancarse la vocación de bochorno.

Es cierto. El corazón igual está sobrevalorado. Al fin y al cabo es un músculo, y vete tú a saber por qué le atribuimos esa nobleza que le restamos, por ejemplo, al estómago. O al hígado. Conocí a una persona absolutamente deliciosa que me decía te quiero con todo mi páncreas y aunque sabíamos que era verdad, nos reíamos. Reírse seguramente es una de las mejores formas de acompañar las palabras de amor, aunque esto, sin embargo, está un poco mal visto. Cuando se habla de amor, lo más conveniente es ponerse serio y a ser posible con los ojos en blanco. Ja.

En esa hora abandonada, mientras pensaba en la extraña forma de vida que se gasta eso que llamamos corazón, los vi. Quedaba poca gente por la playa: paseantes cogidos de la mano celebrando la proximidad del crepúsculo, mujeres solitarias que conocen el misterio de la serenidad, un par de adolescentes en bicicleta. Y ellos. Al principio no sabía muy bien qué hacían por qué él la tomaba en brazos y ella dibujaba parábolas en el aire con sus piernas e inclinaba la cabeza y la melena se convertía en una cortina vertical y oscura cómplice de la gravedad. Parecían estar representando para alguien una ceremonia única y exclusiva que celebra el amor y la felicidad. Eso era. Posaban. Entonces me fijé: había unas mochilas en el suelo y allí acudían de vez en cuando. Allí tenían su cámara colocada en el ángulo exacto para captar la alegría de estar juntos, de que sea verano, de quererse. Posaron durante mucho rato. Hicieron muchas muchas fotos, saltando, encontrándose en el aire, haciendo el tonto como se hace cuando eres adolescente y llevas melena larga y unos vaqueros cortos y sabes que la vida es larga y el tiempo un interminable sucederse de días y de años. Y cada vez que se hacían una foto, corrían a ver cómo había salido, de qué forma había quedado atrapado ese segundo exacto en que saltaban o se abrazaban, o chapoteaban en el agua.

No sé si un día dentro de muchos años, en un rincón perdido de algún disco duro aparecerán las fotos de esta tarde. No sé qué hará entonces su corazón, que tiene por costumbre tener una extraña forma de vida. No sé si como en el fado, ella o él, o ambos se habrán enfadado con ese músculo al que nos empeñamos en decretar depositario de nuestra capacidad de querer, y habrán jurado muchas veces que si no sabe a dónde va no lo acompañan más. No sé si entonces, cuando este verano sea  poco más que un recuerdo albergado en píxeles y sólo puedan situarlo en el tiempo acudiendo a los metadatos, y ella no pueda recordar el nombre de aquel chico que se quitaba la camiseta para hacerse fotos con ella, y él se pregunte qué playa era aquella (¿el Cantábrico? ¿cómo va a a ser el Cantábrico si parece un lago quieto?)  y cualquiera de los dos de pronto no sea capaz de  entender en qué esquina del tiempo se congeló la extraordinaria naturalidad con que sonreían, qué fue de la inocencia con que miraban el mundo, algo seguirá latiendo en el pecho con el ritmo exacto que reclama la alegría . No sé si para entonces, habrán aprendido, a fuerza de heridas y desconsuelo, que el corazón tiene una extraña forma de vida.

DSC_0635

… y otra vez

Ayer me pasé la tarde pensando que a partir de hoy (el famoso “a partir de mañana”…) escribiría posts con más regularidad. Es decir, con alguna regularidad. Y pensé que hoy, para variar, escribiría un post optimista, animado, de esos de iniciar la semana con esperanza.

Y resulta que hoy tendría que empezar con una necrológica, porque mayo parece decidido a llevarse la lírica, aunque nos deje las flores. Y hoy, que la red es un llanto por Benedetti, siento que no puedo decir otra cosa que Gracias por todos los fuegos, por todas y cada una de las palabras que iluminaron, que consolaron, que descorrieron los velos, que enamoraron, que acunaron el desamor, que expresaron lo que quisimos decir, que nos hablaron de la muerte, y de la vida, y de la justicia.  Gracias, don Mario, por ese fuego tuyo que incendió conciencias y corazones, que le puso palabras a lo que a veces no éramos capaces de nombrar.

Esta primavera, definitivamente, se nos ha quedado con una esquina rota.

Silencio, brisa y cordura

dan aliento a mi locura

Hay nieve, huracán, hay deseos…

In memoriam

Ahora…

Y ahora que parece que el apocalipsis escribe las últimas líneas de su  autoprofecía, y los signos del fin de los tiempos corren por las venas de esta ciudad global sin rincones para esconderse, sin islas para naufragar, ni países apropiados para el exilio, llegas tú,  con tu voz sin tiempo, con tus ojos guardianes de infinitos mundos sin edad, llegas ahora besando espaldas de años, acunando los sueños sin espinas, hermano de madrugadas y de constelaciones. Ahora que el cielo es amenaza, y el aire mata, y las palomas dan miedo, y los árboles se suicidan, llegas tú a hacerme de nube, a hacerme de lava,  a reescribir el tiempo en otro orden, a desordenarme los pentagramas de mis creencias, a ponerle nombre a los deseos, a lanzar por los aires las páginas de los almanaques para enseñarme que el tiempo es mentira, que venimos de otros días que aún no han sido, que has besado mis hombros antes de conocerme, que aún no he rozado cada uno de tus dedos, a hacerme creer todas las hermosas mentiras repetidas, como que sin más, al mirarnos, hemos inventado la belleza.

Ahora, que el futuro también es mentira,  que el mundo se derrumba, y que las autoridades prohíben los besos,  y que a nosotros nos da por enamorarnos.

dsc_0526

¿Libros?

Iba a escribir una entrada muy propia para este día: libros y rosas,páginas escritas, autores, lectores. Pero me ha podido la indignación porque he oído en la radio, que Berlusconi, ese modélico estadista, está aleccionando (menos mal, al menos las alecciona!!!) a una serie de actrices, modelos y , sí, concursantes de Gran Hermano, para que formen parte de la candidatura de su partido en las elecciones europeas que se celebrarán en junio. Para mejorar la imagen, dice. Que adornan mucho las chicas monas, ya se sabe.

Definitivamente este mundo no lo entiendo.

Y no. Por razones obvias no me da la gana de poner la foto de ninguna modelo. Hala.

« Entradas Recientes - Entradas antiguas »