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Archive for 31 marzo 2008

Un robo

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Y eso que este año el cambio de hora me pilla de baja laboral. Aun así… Qué mal llevo esta hora hurtada sin que se sepa muy bien si las repercusiones de ahorro energético lo son en efecto.

Una hora no es mucho, son sesenta minutos que perdemos cuando nos da la gana haciendo tonterías, mirando estúpidos programas de televisión, manteniendo conversaciones que no aportan absolutamente nada, navegando sin rumbo por la red, quejándonos amargamente, asistiendo a espectáculos lamentables. Horas perdidas en los autobuses, en las colas de la caja del supermercado. Horas perdidas en la espera de que suene un teléfono. Horas para disfrutar de Proust o para hacer un sudoku. Horas que se pierden con inconsciencia. Horas que a veces se derrochan. Tiempo perdido.

(Por cierto. El otro día en El hormiguero, en ese espacio que se dedica a las genialidades de los peques, comentaron la frase de un niño de, creo, cuatro años, que estaba tirado en el sofá, al que su madre le dijo: “Qué haces ahí perdiendo el tiempo…” Y el niño le respondió: “No lo estoy perdiendo, lo estoy disfrutando”. Cierro paréntesis)

Y aun así, me pregunto por qué duele tanto que te roben esta hora. Tiene que ser algo biológico, de otra forma no me lo explico.

Cuando se estableció el cambio de hora, yo era una cría, y aquella primera vez, lo recuerdo, fue tema de conversación recurrente. Ahora da la risa, pero yo me acuerdo de que cuando la gente hablaba de la hora decía cosas tan peculiares como: “Sí, tengo consulta con el médico a las cinco, que antes eran las cuatro”. Algo así como lo de los euros y las antiguas pesetas. Recuerdo que a mí me parecía muy absurdo. Qué demonios, si sólo se trataba de cambiar la hora de los relojes y ya. Me parecía una tontería que la gente mayor se quejara de lo que les desquiciaba el cambio de hora. El tiempo, entonces, era un asunto de relojes y calendarios, era fácil ajustarse a esa planilla diseñada para situar los acontecimientos cotidianos.

Y, sin embargo, ahora las cosas son diferentes. De unos años a esta parte, el cambio de hora de primavera, me saca de mis casillas. Durante quince días como mínimo, mi cuerpo pelea en una rebelión inútil que se traduce en un agotamiento que ahora no puedo determinar si se debe únicamente a eso o al síndrome de fatiga crónica que me acompaña. Pero mi cuerpo protesta. Aunque me acueste una hora antes. Aunque trate de ajustar mi actividad lo más posible. Aunque me diga a mí misma que qué maravilla de tardes largas ganadas, que al menos ahora, me parece que me salen bastante caras.

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Mariquitas

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En plan fino, igual tendría que decir “Muñecas recortables”, pero en mi infancia se llamaban mariquitas. Ahora no sé si siguen existiendo, supongo que sí, alguna vez he visto por ahí algunas, que no sé si serán los ojos con que las miro o qué, pero poco tienen que ver con las que poblaron mi infancia.

Porque en mi infancia se jugaba mucho con mariquitas. A falta de dinero para comprarnos todos los complementos que desearíamos para la Nancy, y no digamos las Barbies, jugar con muñecas de papel, recortarlas, ponerles sus vestidos, se convertía en un sucedáneo seguramente más imaginativo. O por lo menos el que había.

Comprar una mariquita (estoy hablando casi del pleistoceno, claro) era casi un acontecimiento. Cuando tenías dinero para ello, te ibas al kiosco, y el vendedor, con una paciencia que seguramente tenía mucho de indiferencia, iba pasando las páginas del cuadernillo para que eligieras. Después de una vuelta, y de mirarlas todas, casi siempre había que pedirle que las pasara de nuevo, para tomar la decisión final.

A las mariquitas les poníamos nombre (escrito cuidadosamente por detrás) y a cada uno de sus vestidos, para no confundirlos. Establecíamos parentescos entre unas y otras, amistades y enemistades, construíamos historias y hasta celebrábamos festivales de canción en el que intervenían cada una de ellas vestidas con sus mejores galas. Para ampliar su vestuario, nos aplicábamos en la creación de nuevos modelos, pasando con todo el cuidado un lápiz por el contorno de la muñeca colocada sobre una página, dibujando los detalles del vestido, o de los pantalones (aquellos pantalones de campana, con flores, tan modernos), les dábamos color, y luego los recortábamos y se incorporaban al fondo de armario de cada muñeca.

No sé dónde fueron a parar mis mariquitas, guardadas en cajas, y seguramente perdidas para siempre. Y aunque mi hermana inició una colección hace algún tiempo y tiene muchísimas, ha sido últimamente, gracias a la red, y precisamente buscando alguna rara para mi hermana, cuando me he encontrado con todas ellas, gracias, entre otras cosas a la existencia de grupos de coleccionistas que me tienen verdaderamente alucinada por la cantidad de muñecas recortables que tienen, conocen y disfrutan.

Las he reencontrado a casi todas. Y resulta tan estremecedor, de pronto recordar los detalles de un vestido, rememorar sin esfuerzo el nombre que se le había asignado a cada una de ellas, los detalles de las biografías inventadas para cada muñeca…

Así que, aprovechando este tiempo raro que vivo, la inactividad que me supone, me he dedicado a imprimir muchas de ellas, a guardarlas cuidadosamente, a mirarlas con los mismos ojos de entonces.

Y no, no las he recortado. Pero ahí están, guardadas, clasificadas por colecciones, por creadores, por editorial.  Me gustaría pensar que algún día tendré una nieta o un nieto que chiflen con todas ellas y entonces será el momento de coger nuestras tijeras de punta redonda y darles vida, y nombre y biografía a cada una de las mariquitas.

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Desde que estoy enferma, y por tanto condenada a una inactividad que me resulta extraordinariamente antipática, se hace más visible la nube negra que, en el fondo, siempre está acechando. Mi amigo P., muy dado él a la angustia existencial en su vertiente más culta, siempre me ha dicho que yo soy una persona  básicamente feliz. Que vale, que puede que algún día esté tristona, porque tengo un disgusto, o cosas así, pero de forma transitoria y con una vuelta a mi estado habitual, el de la felicidad. Siempre que me decía eso, a mí me quedaba la duda de si sería una suerte o no. Quiero decir, en el fondo me quedaba la sospecha de si esa felicidad no sería la prueba inequívoca de mi falta de profundidad, digamos metafísica… vamos, que si no sería que me consideraba una mujer feliz un poco tontita, más que nada porque desde su condición de profundo intelectual, ser feliz parecía considerarse sinónimo de gilipollez, insensatez, falta de conocimiento y falta de profundidad. Vamos, que así me sentía yo, cuando, en realidad, a lo mejor el hombre me lo decía hasta con una cierta envidia.

Sin embargo sé que a pesar de esa  intrínseca (y desde luego muy currada, si lo sabré yo) felicidad, la amenaza de la negrura siempre está. Lo que pasa es que mantenerla a raya a veces cuesta más y a veces cuesta menos. Que en la vida todo me haya ido más o menos bien, ayuda, claro. Por eso ahora, que estoy hecha un trapo, hay que esforzarse más por impedir que cruce la línea imaginaria a partir de la cual me envolvería el desconsuelo.

Supongo que es lo que hacemos todos, más o menos, siempre. Ahora lo noto más. Por eso me cuento muchas más mentiras, por eso disfrazo mucho más los  días, por eso a veces me gustaría pedir socorro (aunque no lo haga) , por eso hago listas de las cosas que aún me quedan por hacer, por eso tantos arcoiris en formación contra la nube negra.

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Lástima de guión

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Lástima de guión que ya no hará Rafael Azcona, al que de forma silenciosa y como última ironía (alguien lo dijo, no recuerdo quién, la idea no es mía) le dio por morirse un domingo de resurrección.

Es una pena, porque con la historia de la clínica de Cádiz que quita treinta euros al mes a sus enfermeras por no llevar faldita ,  se haría sin duda una bonita película, si cayera en manos de Azcona y le diera esa vuelta suya que hacía de cada esperpento nacional un guión memorable, una película estupenda.

Pero ya se sabe, se van los buenos, los mejores, que siempre se dice en los funerales. Aquí, a falta de talento, de genio, siempre nos quedarán los pajaresesteso y sus herederos artísticos (por desgracia también los otros, para llenar horas y horas de programación televisiva) que también hacen películas con enfermeras, minifaldas, escotes, y enfermos a los que se les alegra el ombliguillo a la vista de un estereotipo tan antiguo como el cerebro de los que mandan en esa clínica en la que las enfermeras tienen que cobrar menos si quieren llevar un pantalón que les permita realizar sus funciones sin protagonizar (por treinta euros, eso sí) una escena del más rancio cine de los setenta.

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Ha llegado el invierno

O eso parece, después de que la nieve hiciera su aparición por primera vez en lo que va de año. Mi padre siempre dice “Navidad al sol, Pascua tras el tizón”, lo que ocurre es que ningún año consigo recordar, cuando está a punto de llegar Pascua, cómo estuvo el día de Navidad, así que me da lo mismo, y no sé si se cumple el refrán o no.

Una de las cosas que más me gustan es oír la lluvia golpeando los cristales y el viento ululando cuando es noche y estoy en la cama, arrebujada. Ultimamente a ello tengo que añadir la certeza de saber que mis hijos no andan por ahí en esos momentos, que también ellos están en la cama arrebujaditos y escuchando el viento y la lluvia. Este fin de semana ha habido de las dos cosas, así que puede hablarse de algo parecido a la dicha.

También me ha acercado a la felicidad ver cómo avanza el acolchado de mi quilt, que lleva camino de convertirse en una especie de escorial diminuto. Y ver a personas de la familia que no suelo ver habitualmente. Y descubrir, gracias a violetazul , una canción que, en mi ignorancia no conocía y que me ha encantado. Forma parte de la banda sonora de una peli que se llama Into the wild, que no conocía, pero que seguramente veré. Es curioso cómo un post abre una ventana, y te permite descubrir algo nuevo. Algo así me pasó hace unos años gracias a un post de hoardings, que me sirvió para conocer a Josh Rouse, de quien, en mi ya citada ignorancia, ni había oído hablar.

Incluyo una cosita del yutuf, con letras en spanish sobre el fondo de la cara del prota de la película…

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Cinco años

Ahí siguen. Muriendo cada día, con la vida convertida en una pesadilla, cansados, caóticos, con terror. Cinco años ya y los muertos incontables, el desastre inabarcable, las vidas rotas.

Ojalá los fantasmas de todos los muertos, los miembros amputados de todos los heridos, las miradas aterrorizadas, pueblen las pesadillas, hagan insufribles las noches, cualquier momento de los hayquedecirlomás  que a día de hoy, con una soberbia sólo comparable a su crueldad, continúan diciendo, tan campantes, que fue un acierto invadir Irak. Y que volverían a hacerlo.

Yo quiero pensar que algún día pagarán por ello. No sé de qué manera, y no sé si será el tipo de castigo que a mí me parecería adecuado, pero me basta saber que sufrirán por ello. Y tengo la certeza de que uno de ellos, está sufriendo lo suyo porque a día de hoy, el Rey sigue sin ofrecerle el título nobiliario que ha ofrecido a todos los presidentes, con lo que a él (y a su señora) les molaría incluirlo en sus apellidos. Que se joda.

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Supongo que por la vida que llevo, las ocasiones para charlar con los amigos han disminuido. En realidad, lo que ocurre es que todo se ha reducido, limitado y yo quiero pensar que para bien, que los momentos que comparto con amigos aunque sean menos que antes y con menos gente, son más intensos y más felices. Hoy, por ejemplo, he tenido dos de esos encuentros que te permiten creer que los amigos son un privilegio que no deberíamos parar de agradecer. Un café con JC, y la certeza de que veintipico años después sigue siendo amigo de los imprescindibles, aunque nos pasemos meses y meses sin saber nada el uno del otro. Me ha contado que está escribiendo una novela y me alegra tanto saberlo, que no puedo evitar recordar aquel tiempo, en el Antiguo Instituto, en el curso de Creación Literaria, el primero que daba yo en mi vida y la velocidad que cogía JC cuando leía sus textos, tan estupendamente escritos, por otra parte…

Y después la comida con P. y A., dos amigas que tienen una antigüedad muy parecida a la de JC, y con las que he compartido muchos momentos, y mucho trabajo, y muchísimas risas y alguno de aquellos memorables CTP (sí, va de siglas, pero se llamaban así de ampulosos: Colectivo Técnico Pedagógico…) y muchas conversaciones, y muchas, muchas horas. En los últimos años nos reunimos siempre para comer y aunque nunca lo hacemos con la frecuencia con la que nos proponemos, verlas y ver cómo van nuestras vidas, hablar, hablar y reír, es una de las mejores terapias para las tres.

A mí, al menos, hoy me ha venido de maravilla.

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