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Archive for 30 abril 2008

Tiempo de cerezas

Algún día hablaré, porque se merece un post, de la novela de Montserrat Roig del mismo título. Pero ahora me refiero a otra cosa.

Después de un día, el de ayer, bastante terrible, esta mañana amanecí un poco mejor y aprovechando lo raros que son esos días, nos fuimos a casa de mis padres, que es como revisitar los escenarios de la infancia y la adolescencia, claro. Me llevé la cámara y me harté de hacer fotos a las rosas de todos los colores que cuida mi madre, a las violetas de la orilla del camino, a los perros, a todo lo que crecía o se movía…

Y en ésas estaba cuando descubrí que YA hay cerezas en algunos árboles. Vale, si ya sé que hace algún tiempo que se pueden comprar en fruterías, que no es ninguna novedad. Pero estamos hablando de “mis” cerezos, de clima y raíces cantábricas. Y que yo sepa y recuerde, las cerezas antes maduraban como muy muy pronto en junio. Cerezas eran sinónimo de últimos días de colegio, de vacaciones, de libertad. Las cerezas no se podían comer calientes, porque, decían, te daban dolor de barriga, aunque yo creo que era más bien una estrategia materna para evitar que nos hincháramos en cualquier momento del día y luego nos mostráramos inapentes ante el plato a la hora de la comida. Las cerezas eran sinónimo de vida salvaje, de vestidos de verano, de zapatillas de lona. Ahora se me hace imposible, pero trepábamos a los árboles como monos, y las cerezas en seguida eran sinónimo de rodillas despellejadas y arañazos en los brazos.

Y no me puedo creer que ya hayan madurado las cerezas en los árboles de mi infancia. No me puedo creer que de nuevo el tiempo haya transcurrido con tanta velocidad, que de nuevo sea tiempo de cerezas y yo con estos pelos.

Dice un refrán que “Por la Ascensión, cereces en Oviedo y trigo en León”. Y parece que la Ascensión cae por estos días precisamente, aunque también es cierto que este año es inusualmente pronto (hacía muchos años que la Semana santa no caía tan pronto), así que lo mismo voy a ser yo y mi percepción del tiempo.

Otra cosa.- Los premios!!! Por tercera vez vuelvo a estar premiada y lo agradezco de todo corazón, fritus, no vayas a pensar… Pero ahora viene la segunda parte. Ahora tengo que premiar yo a no sé cuántos, y como no sé quién desea los premios y quién no, diré lo siguiente. TODOS vosotros, que pasáis por aquí y a quienes leo os lo merecéis. Así que consideraos premiados y haced lo que buenamente se os ocurra. Y podría ir diciendo por qué me gusta memoria, o Cecilia, o la petite, o Gonzo, o Lula, o el Arcángel, o Alfaro, o Agatha Blue, o dudo, o pilixforever, o Sonia, o Susana, o Isabel, o el propio fritus, o Mía, o Pedro, o la bruja sin escoba, o la chica de la trenza pelirroja, o Anab, o Eva, o Marcella la del vestido a rayas, o Tesa o Isabel,  y seguro que me olvido alguno de los que me hacéis la vida mucho más agradable y no es que os merezcáis un premio: es que os los  merecéis todos, así que queda dicho, y si alguien vuelve a premiarme, que sepa que el premio revierte inmediatamente en todos vosotros…

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Días perdidos

De niña me educaron en aquel concepto de la laboriosidad. Nada de perder tiempo. Jugar era una actividad a la que se asignaba un tiempo, pero al margen de ello había que hacer cosas, no se podía estar mano sobre mano, y la ociosidad era la madre de todos los vicios. Después me fui haciendo mayor y creció la autoexigencia: había que ser lo más perfecta posible, había que rentabilizar el tiempo, había que conseguir resultados: académicos, profesionales. Más tarde tuve dos niños y todo el mundo sabe que eso convierte los días en un catálogo de ocupaciones diversas. Y además trabajaba. Y tenía amigos. Y escribía. Y leía. Y siempre tenía proyectos en el cajón para trabajar en ellos, llamadas que hacer, confidencias que escuchar, una película para ver, una caminata que emprender.

Por eso ahora, además de todo, en días como hoy, que ha sido particularmente digamos molesto, me pesa como una losa la sensación horrible de día perdido. De no haber hecho nada en absoluto. Ah, bueno sí, hice un bizcocho esta mañana. Punto. Nada más. No he podido hacer nada de nada. Y me duele el cuerpo y me duele el cansancio. Y, por si ello fuera poco, no puedo evitar la angustia de día perdido. No me gusta en absoluto esta colección que estoy haciendo de días perdidos, con todo lo que me gustaría hacer. Y para colmo,desde un rincón de la memoria, la niña laboriosa de las coletas que un día fui, me mira, me temo, con una cierta severidad, a lo mejor porque ella no sabe todavía lo mal que una puede llegar a estar, lo estúpida y tozuda que es esta enfermedad…

(Desde la terraza, ahora mismo. Ya sé que la mirada debería llenar los días. Pero aun así, hay que ver cuánto cuesta)

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El horror y la luz

La tarde estira sus brazos al otro lado del cristal. Gente paseando a sus perros por la playa, parejas cogidas de la mano, unos niños volando una cometa. A esta hora algunas gaviotas cruzan a gran velocidad el espacio aéreo de mi ventana y en el mar hay una vocación de espejo sin terminar de conseguir, y termina quebrándose en pequeñas copas de espuma. Alguien me dijo alguna vez que cuando se ven como grandes manchas de otro color en el agua, (ahora mismo aquí debajo hay una de color casi verde) se debe a las corrientes. Hay quien sabe leer las olas y entender el lenguaje del agua. Yo, como mucho, soy una aprendiz preescolar de la enciclopedia oceánica. Nunca podré saber todas las cosas que cualquier pescador aprende a los quince años, pero puedo tener el mismo respeto y me emociona que cada día, casi cada hora el paisaje que me regala sea tan diferente.

Esta hora de la tarde, con padres que pasean a sus niños en el cochecito, con adolescentes que patinan, parejas de jubilados tomadas del brazo, una mujer solitaria con el agua por las rodillas, corredores que dejan sus huellas veloces en la arena, esta sensación de normalidad, de vida. Esta luz, tan cantábrica que dicen que tanto gustó a los miembros de la Academia para oscarizar aquel Beguin the beguine de Garci. Hay un poco de sol, pero sobre todo la ciudad está iluminada y la vida de abril convierte en apacibles los pasos más presurosos.

Por eso cuesta tanto pensar en el horror. Cuando me enteré de la historia que hoy todo el mundo comenta, la de ese padre austriaco que ha mantenido encerrada en un sótano a su hija durante ¡¡¡veinticuatro años!!! violándola sistemáticamente, embarazándola en siete ocasiones, condenando al encierro a algunos de los niños, llevándose a otros e incorporándolos a su propia familia, incinerando en un horno el cadáver de uno de ellos, muerto poco después de nacer, he tenido la sensación de estar asistiendo a una ficción. He pensado que estaba leyendo la sinopsis de una horrible película de miedo que nunca veré, o el argumento de una novela que no leeré nunca, porque el horror me sobrepasa.

Pero era real. La realidad, dicen, casi siempre supera a la ficción. Y aunque la historia esté estructurada de forma absolutamente narrativa, para llevarla a las páginas, para convertirla en imágenes, hay algo que se me escapa y que creo que es su capacidad para espeluznar. Hay una mujer que lleva desde los diecinueve años metida en un sótano. Sin salir de allí, sin conocer qué ocurría en el mundo, sometida a la violencia, al abuso, a la violación sistemática de su carcelero, que es su padre, el que tal vez algún día (¿uno es cabrón todos los días de su vida?) la enseñó a montar en bicicleta, o la consoló en una pesadilla, o le compró chuches. Hay una mujer que pasa de los cuarenta años y que ha vivido en un zulo, que ha tenido seis o siete embarazos en soledad, y ha parido sola a sus hijos, y ha enfrentado la enfermedad, y los dolores de oídos de los niños, y los porrazos que se habrán dado, y que habrá llegado a desear que llegara el carcelero, vete tú a saber a qué grado de desesperación puede llevar la soledad y la necesidad de ver a alguien. Hay una mujer que no ha visto la luz durante casi un cuarto de siglo, hay unos niños que ya son adolescentes y que no saben lo que es una playa como la que esta tarde tengo al otro lado de la ventana, que no han jugado con un cachorro, que no han saltado olas, que no han volado una cometa como la de colores brillantes que se despliega ahora ante mí. Hay unos niños que no saben lo que es un televisor (bueno, a lo mejor salen ganando) pero tampoco saben qué es el cielo, ni las nubes, que no han sentido el viento y que no han tocado la lluvia. Hay una madre que habrá dudado sobre hablarles de todo eso, habrá dudado sobre si debía contarles que existía el mundo que ella había conocido y que le fue arrebatado, porque cómo hablarles del mundo que con todas las cosas de las que nos quejamos a diario, tiene que haberle parecido el paraíso perdido, cómo hablarles de que existe la luz al otro lado de los muros sin explicarles la razón que seguramente tampoco ella entiende de por qué les ha sido negado.

El horror tiene muchas caras, ya lo sé. La crueldad, la capacidad para hacer daño parece no tener límite. Uno piensa que ha llegado al fondo del pozo de la ignominia, pero descubre que aún se puede escarbar y seguir más y más abajo. El horror tiene además la capacidad de dejarnos estupefactos, de ahogarnos en preguntas: cómo es posible, cómo pudo ser, de qué forma pudo ese hombre mantener el engaño, cómo pudo su mujer, y madre de una chica desaparecida no sospechar nunca nada el infierno que había en su sótano, cómo pudo asistir impasible a la llegada de bebés (que presuntamente su hija, en una secta, iba pariendo y dejándoles a la puerta de casa) cómo pudo el estado austriaco no tomar ningún tipo de medida, no hacer ningún tipo de averiguación, cómo pudo ocurrir.

Esta mañana mientras pensaba en ello, se me ocurría que una de las grandes preguntas era por qué no encontró las fuerzas para planificar, para organizar con los niños ya mayores (la mayor ya tiene dieciocho años) el modo de reducir al padre, de golpearlo entre los cuatro, de huir. Pero ha bastado pensar dos minutos en ello y llegar a la conclusión de que el horror está justamente ahí. En no poder, en no ser capaz de defenderse, o de intentar huir. El verdadero horror es asumir la derrota, entender que ésa es su vida y que no hay ninguna salida.

Hay luz en la calle, hay niños jugando, hay adolescentes besándose en el paseo, hay perros jugando y persiguiéndose en la playa, gente en bicicleta, una chica con pantalón corto corriendo con una cola de caballo que se balancea rítmicamente en lo alto de su cabeza. Hay una cometa jugando con el aire, una silueta de mujer recortándose a la orilla del mar. Hay dos adolescentes riendo, un chico patinando, una niña contemplando el mundo desde su sillita. Hay una vida tan cotidiana, tan corriente, tan de a diario… Una vida tan ajena al horror.

Y hay un hombre que ha escrito la novela más terrorífica, día a día durante veinticuatro años. Sólo que sus personajes no eran nombres escritos en papel. Viven, respiran, existen. Pero son fantasmas, y seguramente ya lo serán para siempre.

(Stephen Groeneveld en Flickr)

Actualización.- A medida que pasan las horas se van sabiendo más datos. Como señala Tesa en los comentarios, es cierto, tenían televisión. En un primer momento había oído que no la tenían. Y no sé qué es peor. También he sabido que el zulo tenía la entrada a través de una puerta con una clave que naturalmente sólo conocía él. Por tanto, cualquier intento (de existir) de atacarlo, de reducirlo, por parte de los cautivos era inútil. Sólo él tenía la clave para salir. Y eso multiplica el horror.

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Atrapar la serenidad

El mar esta tarde de domingo es una caricia. Lo fue en mis pies por la mañana, en un rumor de olas, con la playa mucho más frecuentada de lo que desearía (todo el mundo tiene ganas de veranito, me temo), lo que me llevó a tener el firme propósito de bajar a pasear como siempre he hecho, a muy primera hora de la mañana, cuando somos muy pocos los que le encontramos un raro placer a la soledad de la bahía.

Pero ahora es una caricia, desde este ángulo que enfoco a través de la ventana, sentada en la cama, con el portátil y la mesa (bendita mesa Malm, bendito invento) de Ikea, que me compré mucho antes de saber que iba a darle tanto uso. Es una caricia apenas sin olas, con un movimiento que arrulla, y que con el adecuado silencio (qué difícil de conseguir) se parece mucho a la serenidad.

Es curioso, las tardes de domingo siempre me han parecido tristes, cuando no espantosas y amenazantes, con la promesa de una semana (de clases, de trabajo) casi siempre tediosa y algunas veces hasta temible. Ahora, por este tiempo tan extraño en el que vivo, esa connotación ha desaparecido, pero esta tarde hago acopio de toda la energía, de toda la serenidad, de toda esa fuerza mental de vibraciones positivas y todo eso, porque mañana una de mis mejores amigas se somete a una complicada prueba diagnóstica que nos tiene a todas muy preocupadas. Pero saldrá bien. Porque es la persona con más fuerza, con más vitalidad, con más inteligencia, y con más vida que conozco y todo eso jugará a su favor, y los resultados serán estupendos y podremos respirar con alivio.

Así que esta tarde cargo mi reserva de energía. Miro el mar, y trato de que la serenidad gris que me regala se transforme en la más espléndida de las energías, la más útil, la más milagrosa. Los creyentes tienen suerte: supongo que a eso lo llaman rezar, con la ventaja de un dios omnipotente que todo lo concede. Si no fuera (entre otras muchas cosas) porque a la hora de la verdad me temo que los resultados son bastante similares, igual era para pensárselo

(La foto, hecha en precario desde la cama es la visión exacta de ahora mismo, incluyendo el incordio de la mecedora que no he apartado. Y así ha quedado: fatal)

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Perdida por Perdidos

Vaya por delante una afirmación: Perdidos es la mejor serie de toda la historia y de todo el mundo mundial. Y esto lo puedo discutir con cualquiera, y estoy casi segura de tener aliados dispuestos a secundarme.

Descubrí Perdidos muy a lo tonto, zapeando en los canales de cable uno de aquellos domingos por la tarde de cama, cogiendo fuerzas para empezar un lunes, una semana más. Pillé un capítulo empezado, y la sensación de inquietud ante una amenaza imprecisa en la isla se me coló en el cerebro y me descolocó. Al terminar aquel episodio, comenzó otro. Y otro más. (La cadena Fox a veces hace esas cosas y aquel día la bendije por ello, porque al final del primer capítulo, aquel que pillé empezado, ya estaba irremisiblemente enganchada).

No sé cuánto tiempo hace de eso exactamente, pero desde entonces ha habido muchos capítulos, muchas sesiones de sofá, muchos maratones de entregas de tirón, muchas conversaciones sobre la serie, sobre los personajes, muchas elucubraciones, muchas palabras.

Todo el mundo sabe de qué va Perdidos. Que los guiones son fantásticos , que los actores estupendos, que los personajes son redondos, que los diálogos, que la historia… Pero hay mucho más: desde los nombres de los personajes (Locke, Rousseau, o Sawyer), hasta algo que a mí me chifla que es el asunto de las casualidades, la forma en que cuando se hace un flashback resulta haber relaciones casuales entre los personajes que luego coincidirán en el avión y en la isla. Me gusta porque ahora cada vez que viajo en un avión observo atentamente a los viajeros preguntándome si entre ellos hay un potencial Jack o un Charlie o una Kate (desgraciadamente no suele haber ningún Sawyer). Porque oír “Previously in Lost” me pone como al perro de Pavlov. Porque al final de cada capítulo siempre pienso, “qué cabrones, lo han vuelto a hacer”, porque me encanta formular teorías con mis hijos sobre el desenlace. Porque a pesar de la cantidad de tramas abiertas, tengo la certeza (y espero que no me defrauden) de que todo tendrá una explicación. Porque he conseguido que mi jefe (después de decirme que a él eso de unos tipos perdidos en una isla como que no le molaba mucho) se vea de tirón tres temporadas y esté tan enganchado como el que más. Porque la serie está repleta de referencias. Porque mi hijo se enamoró de la canción Downtown de Petula Clark que aparece en uno de los capítulos. Porque ninguna serie me ha tenido con la mirada fija en la barra de descarga de la mula preguntándome cuánto tiempo falta para que termine de bajar el capítulo. Porque me gustan tanto los personajes, me los creo tanto, que creo que podría ver un capítulo entero en el que no pasara nada en absoluto, quiero decir, un capítulo en el que por ejemplo cuatro de los personajes estuvieran esperando el autobús. Y estoy segura de que se mantendría la tensión.

Todo esto para decir que ayer comenzó la emisión en España de la cuarta temporada. Y no lo vi. Es más, hace meses que tengo perfectamente bajados y subtitulados los capítulos que se van emitiendo en Estados Unidos. Y sigo sin verlos. Por qué hago esto seguramente  es la gran pregunta. Y para responderla, para responderme a mí misma, me he acordado de mi amigo Javier. Cuando estaba en África y venía a pasar el verano, hacía acopio de “material de recurso”: discografías completas, mucha chanson, películas, libros, capítulos de La hora chanante. Y a veces hablábamos, cuando ya habían transcurrido meses y yo le preguntaba si había visto esto o había escuchado lo otro y él me decía que no, que lo guardaba para cuando le hiciera falta.
Y yo creo que estoy guardando los capítulos de Lost para cuando me hagan falta. Porque seguramente vendrán un día particularmente angustioso, o de esos de bajón total, o de aburrimiento extremo. Uno de esos días en que el cansancio no me permita hacer absolutamente nada: ni coser, ni mirar la red, ni hacer punto, ni nada de nada. Y cuando eso suceda, cuando me encuentre particularmente mal, tendré el mejor antídoto. Así acumulo capítulos (tengo ocho) de esta cuarta temporada, porque me conozco y sé que en cuanto vea uno sentiré la inaplazable necesidad de meterme otra dosis, que uno solo no basta.

El vídeo que incluyo a continuación es un curioso resumen de Perdidos en cuatro minutos. De todo Perdidos, incluidos, parece ser, algunos spoilers de la cuarta temporada, así que yo no lo he visto entero. (AVISO: Hay SPOILERS!!) No sé si será disuasorio para aquellos que no lo han visto nunca (es posible) pero en cualquier caso es curioso.

Muy buen fin de semana a todos los que paseais por aquí, a los que dejáis comentarios. Tal vez debería confesar que en estos días estáis siendo una terapia mucho más eficaz de lo que podría parecer en principio. Confesaré que me encanta mirar el indicador de visitas y comprobar que son muchísimas más de las que nunca pude imaginarme. Muchas gracias de todo corazón.


Hay una versión subtitulada aquí, pero con mi proverbial pericia, no he sido capaz de ponerla.

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Sé un poco feliz, anda

Parece que está llegando la primavera. Un solecito tímido, muchísimas flores, margaritas diminutas en el césped, y una sensación de optimismo que se debe a partes iguales a la cosa atmosférica y a mi empeño rayando la tozudez en ver las cosas por el lado bueno. Porque si me pongo a mirar el malo, de momento la indignación, que ya empecé la mañana enterándome de la última de la Comunidad de Madrid y su egregia presidenta, que ha firmado un acuerdo con Rouco (dios los cría, etcétera) para que haya un cura en el comité de ética de los hospitales. Vamos, que, queridos amigos madrileños, seguro que en esa, vuestra ciudad se vive muy bien, pero casi que os aconsejo que vayáis a moriros, llegado el caso, a otra comunidad, por si las moscas. Porque si tenemos en cuenta que el arzobispo emérito de Pamplona dijo aquello sobre la dignidad de la muerte, que Jesucristo no tuvo cuidados paliativos, no me extrañaría mucho, que cuando estéis en las últimas, venga alguien con una lanza y os atraviese el costado. Que eso sí que es morir con dignidad. Morir como dios, para ser exactos.

Pero dejando aparte eso, y como, al menos de momento aquí seguimos estando con nuestro tradicional aislamiento orográfico y de infraestructuras, que esperemos que nos siga librando de la presencia de curas en comités de esos destinados a decidir de qué forma se va a morir uno, centrémonos en que es un bonito día de primavera, que hasta he paseado un poquitín por la playa, con el agua por los tobillos y un poquitín de brisa. Además… ¡¡tachán!! para aquellos que se interesaron por el fallecimiento de mi Ipod, que sepáis que a rey muerto rey puesto y que tengo desde esta mañana un nuevo Ipod classic de ¡¡80 gigas!!. Sí, vale. Ya lo sé. Pero qué le vamos a hacer, que es que soy muy buena madre y el regalo ya me llegó por adelantado para certificar que eso es así.

Y finalmente en este batiburrillo de jueves, he estado en Medicina Interna para una de mis revisiones. Nada nuevo, claro. Estoy como una rosa, mis análisis son buenísimos, pero es la ironía ésa de para estar tan bien hay que ver qué mal estoy. El médico me habló de la frustración que suponemos para ellos, que es algo que yo ya sabía, porque no pueden hacer nada, porque no hay ningún tratamiento, porque ni siquiera existe una sospecha firme de cuál es el origen. Terminamos hablando de que habíamos ido al mismo instituto.

Para estrenar el Ipod, como digo, me fui a caminar un ratín por la playa, y entre las más de cinco mil canciones que he metido en él, se produjo el milagro y sonó Stay sin haberlo programado. ¿No os pasa que hay canciones sin particular interés, sin ser especialment excelsas, que en cuanto suenan os ponen de buen humor? Bueno, pues a mí me pasa con ésta.

Y ahí os la dejo, de regalo, por si es capaz de transmitir un poco de felicidad de esa que es un poco tonta, un mucho inexplicable, seguramente bastante efímera, pero sustancialmente necesaria…

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Libros, pues

La foto está cogida de la red. No había referencia al autor, sorry

Hoy he salido a la calle después de no sé cuánto tiempo. Hacía sol, sigue haciéndolo ahora que es mediodía. Yo tenía la sensación que me acompaña cada vez que salgo a la calle desde hace meses, reconocible por todos me imagino: ese extraño vértigo, esa sensación de flojedad en las piernas de cuando volvemos a pisar la calle tras un proceso de fiebre y cama. Es algo así: debilidad extrema y extrañeza ante todo y cierta sensación de aturullamiento genteralizado y cansancio y temor a caerte en mitad del paso de cebra porque las piernas parecen volverse de chicle.
Pero salí, y nos acercamos hasta la Casa del Libro (hace años que en esta ciudad no salen las librerías a la calle, creo que este año tampoco lo han hecho)  para ojear las mesas, para revisar estanterías… Mucha gente, rosas, y muchos libros. Algunos con gran despliegue editorial (inevitable, y previsible Zafón, gran lanzamiento) otros medio ocultos. Muchos, muchos libros. Recordé una expresión asturiana que dice “Tienes el güeyu más grande que el butiellu”, que viene a decir que ves muchas más cosas que te apetecen de las que en realidad puedes comerte.  Porque había muchos: el último de Mendoza (a quien le daré una oportunidad -creo que la última, y porque éste parece de esa tendencia divertida que tiene ese esquizofrénico de la escritura que alterna novelas serias con novelas hilarantes- después del horroroso cuyo título no termino de recordar Mauricio y algo de elecciones primarias, o así), nueva novela de Anne Holt, de Val McDermind, la “Y punto” de Mercedes Castro, que tiene buena pinta, Martin Amis, la de “La elegancia del erizo”, del que mi amiga Adriana habla maravillas, el nuevo de Richard Ford

Y salí sin comprarme ninguno, y esto sí que es una auténtica novedad. Me temo que por primera vez en casi toda mi vida, no me voy a comprar un libro en un día como éste. Que ya lo sé, que me compro libros en muchas otras ocasiones, que lo de “un día” no deja de ser una convención. Pero también es una tradición. Desde que la niña iconoclasta , y luego el niño en Coruña eran pequeñitos, siempre, año tras año, repetimos el ritual del día del Libro. Es cierto, ahora ninguno de los dos está aquí, y seguramente ellos mantendrán la tradición en las ciudades en las que están. Pero creo que este año, mejor me paro.

He acumulado tantos libros sin leer que empieza a darme vergüenza. Y el ritmo de lectura es tan lento que tengo para años. Así que he decidido que lo que voy a hacer es una lista. (¿He dicho alguna vez que soy muy fan de las listas?). Bueno, una no. Dos. En una anotaré los libros que tengo pendientes de lectura, no porque los tenga (que algunos llegan a mi poder por las razones más extraliterarias que puedan existir), sino porque deseo hacerlo. Y otra con los libros que van saliendo y que me apetece leer. Iré alternando un libro de una y otra lista, y comprando solo el que toque, cuando toque. Porque si no ya me veo rodeada de millones de páginas sin leer que me provocarán más angustia que otra cosa.  Y ya puestos, igual debería hacer otra lista de todos esos libros que tengo, que no tengo ninguna intención de leer y que estarían mucho mejor en cualquier otro sitio, incluyendo la biblioteca de una cárcel, de bookcrossing por ahí, o lo que sea. Lo que ocurre es que cada vez que intento hacer un expurgo de esos, viene por aquí la iconoclasta y se los lleva todos a su casa. Y me temo que lo único que hacemos es trasladar el problema.

En la librería me encontré con una grata sorpresa: Carlos Castán ha sacado un nuevo libro, que se va derechito al primer lugar de mi lista “Libros que tengo que comprar y leer”.  Con las ganas que tenía yo de una nueva entrega de relatos de este autor. Hace años leí “Frío de vivir” y me dejó tocadísima. Poco tiempo después (en el 2000) apareció “Museo de la Soledad“, que me confirmó lo mucho que me gustaba y desde entonces silencio total. Ahora aparece Sólo de lo perdido, y confío en que no me decepcione. Además el autor me resulta un tanto enigmático. Hay una cierta leyenda (que confirmé con algún autor que lo conoce) acerca de que se trata de un tipo un tanto extraño, aunque puede ser que únicamente se deba a que no frecuenta demasiado cenáculos y camarillas literarias diversas. No sé, igual es eso, pero entre lo dosificada que ofrece su obra, y lo poco que se sabe de él, sí es cierto que resulta ser un autor raro.

Aquí puede leerse un relato de Carlos Castán.

Pero no puedo terminar sin recordar a Juan Gelman. Hoy ha recibido el premio Cervantes, y no voy a decir nada de él. Sólo que me quedo con el recuerdo de hace muchos años ya, de una noche de verano, escuchando su voz a dúo con Angel Gonzalez, leyendo poemas con una emoción que te erizaba la piel. Por entonces aún buscaba a su nieta, la hija de su hijo y su nuera a quienes desaparecieron durante la dictadura argentina. Felicidades, maestro. Tiene usted razón: “Ahí está la poesía: en pie contra la muerte”.

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