A ella le gustan los principios. Le gusta levantarse temprano y ver cómo amanece. Se sabe de memoria las frases que inauguran varias novelas. Le gusta el olor de los libros cuando se abren por primera vez, y el tacto de las sábanas nuevas en la cama. Le gustan los principios: el primer sorbo de cocacola fría cuando está muerta de calor, las primeras cerezas. Le gusta empezar cuadernos, y quitarle la etiqueta a las madejas de lana para empezar a tejer. A ella le gustan los principios: subir caminando por la montaña hasta encontrar el manantial que luego será río, besar a los que quiere después de las campanadas de año nuevo, iniciar un proyecto, mojarse con los goterones de lluvia del inicio de la tormenta, las primeras hojas en el suelo del parque que anuncian el otoño, estrenar unos zapatos, la piel de los recién nacidos.
Ella siente que debería decirle que las horas contaminan, que las novelas casi siempre pierden intensidad después de las primeras frases, porque el autor, que sabe cómo se las gastan los lectores, deposita en esa primera frase una buena dosis del talento que tiene asignado para cada libro. Debería decirle que los libros, superado el vértigo del primer olor, aburren tantas veces, que las sábanas se arrugan. Que la cocacola cuando se calienta sabe a jarabe, y que las cerezas no saben igual después de que te has comido unas cuantas, que después de la primera página escrita con esmero, los cuadernos se llenan de tachaduras y la caligrafía se convierte en salvaje, que a veces se aburre de tejer, que una vez alcanzada la cima, la bajada es tediosa, que después del primer día del año viene la cuesta de enero, que los proyectos necesitan más voluntad que ilusión, que el aguacero te provoca constipado, que el otoño es como un túnel que desemboca en el frío, que los zapatos nuevos hacen rozaduras, que los bebés crecen y a veces son tan odiosos como nosotros mismos.
Pero no va a hacerlo, porque de todos los principios no hay ninguno que se parezca a la aventura de descubrirse, de reconocerse en otro, de sorprenderse de las casualidades, de creer que un destino tan caprichoso como inevitable, nos ha puesto en el camino, de agarrarse a los hilos invisibles que siempre nos han unido y nunca hemos sentido como ahora que tiraban de nosotros para acercarnos, de temblar con el roce de una mano, de provocar un cataclismo con una mirada que se sostiene un segundo más de lo esperado. Ningún principio como sentir el incendio en la nuca, ningún principio como asistir a ese primer día de la historia de los tiempos con el mundo que acaban de pintar para nosotros, y el aire que nadie parece haber respirado todavía. No va a hacerlo, porque por nada en absoluto se puede estropear la magia que acerca unos labios por primera vez y la urgencia quema, y a la vez el pánico, el deseo de mantener como sea esos segundos, justo ese momento, porque es todo tan frágil, la belleza es tan leve, que sabe, ella sabe que en el preciso momento en que los labios se separen, en que la respiración vuelva a su ritmo, habrá comenzado el imperceptible, el lentísimo deterioro. Habrá comenzado el final.