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Archive for 4 julio 2009

Estranha forma de vida

Busqué la canción con esa urgencia que a veces nos procuran los detalles más tontos, y que Carlos la hubiera mencionado sin más en uno de sus correos me llevó inevitablemente a la temblorosa emoción de Caetano Veloso, que se puso a pintar con los colores de su voz una de esas horas brujas desiertas, que te dejan con la tonta sensación de estar queriendo solo tú.

Así que Caetano Veloso cantaba aquello de Que estranha forma de vida/tem este meu coração:/vive de forma perdida; /Quem lhe daria o condão? /Que estranha forma de vida, y la melancolía esa que se anuda y acaba por estrangular los mejores propósitos, (y disfrutar de mi primer fin de semana después de la vuelta al trabajo era uno de ellos), empezaba a flotar en el aire que no terminaba de arrancarse la vocación de bochorno.

Es cierto. El corazón igual está sobrevalorado. Al fin y al cabo es un músculo, y vete tú a saber por qué le atribuimos esa nobleza que le restamos, por ejemplo, al estómago. O al hígado. Conocí a una persona absolutamente deliciosa que me decía te quiero con todo mi páncreas y aunque sabíamos que era verdad, nos reíamos. Reírse seguramente es una de las mejores formas de acompañar las palabras de amor, aunque esto, sin embargo, está un poco mal visto. Cuando se habla de amor, lo más conveniente es ponerse serio y a ser posible con los ojos en blanco. Ja.

En esa hora abandonada, mientras pensaba en la extraña forma de vida que se gasta eso que llamamos corazón, los vi. Quedaba poca gente por la playa: paseantes cogidos de la mano celebrando la proximidad del crepúsculo, mujeres solitarias que conocen el misterio de la serenidad, un par de adolescentes en bicicleta. Y ellos. Al principio no sabía muy bien qué hacían por qué él la tomaba en brazos y ella dibujaba parábolas en el aire con sus piernas e inclinaba la cabeza y la melena se convertía en una cortina vertical y oscura cómplice de la gravedad. Parecían estar representando para alguien una ceremonia única y exclusiva que celebra el amor y la felicidad. Eso era. Posaban. Entonces me fijé: había unas mochilas en el suelo y allí acudían de vez en cuando. Allí tenían su cámara colocada en el ángulo exacto para captar la alegría de estar juntos, de que sea verano, de quererse. Posaron durante mucho rato. Hicieron muchas muchas fotos, saltando, encontrándose en el aire, haciendo el tonto como se hace cuando eres adolescente y llevas melena larga y unos vaqueros cortos y sabes que la vida es larga y el tiempo un interminable sucederse de días y de años. Y cada vez que se hacían una foto, corrían a ver cómo había salido, de qué forma había quedado atrapado ese segundo exacto en que saltaban o se abrazaban, o chapoteaban en el agua.

No sé si un día dentro de muchos años, en un rincón perdido de algún disco duro aparecerán las fotos de esta tarde. No sé qué hará entonces su corazón, que tiene por costumbre tener una extraña forma de vida. No sé si como en el fado, ella o él, o ambos se habrán enfadado con ese músculo al que nos empeñamos en decretar depositario de nuestra capacidad de querer, y habrán jurado muchas veces que si no sabe a dónde va no lo acompañan más. No sé si entonces, cuando este verano sea  poco más que un recuerdo albergado en píxeles y sólo puedan situarlo en el tiempo acudiendo a los metadatos, y ella no pueda recordar el nombre de aquel chico que se quitaba la camiseta para hacerse fotos con ella, y él se pregunte qué playa era aquella (¿el Cantábrico? ¿cómo va a a ser el Cantábrico si parece un lago quieto?)  y cualquiera de los dos de pronto no sea capaz de  entender en qué esquina del tiempo se congeló la extraordinaria naturalidad con que sonreían, qué fue de la inocencia con que miraban el mundo, algo seguirá latiendo en el pecho con el ritmo exacto que reclama la alegría . No sé si para entonces, habrán aprendido, a fuerza de heridas y desconsuelo, que el corazón tiene una extraña forma de vida.

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